El 28 de julio se conmemoró el día del campesino y la campesina. Se recuerda la promulgación de la Ley de Reforma Agraria en 1967. Mucho ha cambiado desde esos años, entre ellas, la incorporación de la mujer al trabajo remunerado, siendo hoy un actor relevante para la economía y el desarrollo en Chile.

Sin embargo, en el mundo rural, las barreras que enfrentan las mujeres persisten y son más difíciles de enfrentar.  Las mujeres del campo que son jefas de hogar no poseen tierras o no cuentan con títulos de dominio, no tienen acceso a financiamiento para adquirir tierras ni para incluir tecnología que se adapte a la realidad de sus actividades productivas. Los hogares rurales más pobres, generalmente a cargo de una mujer como principal sustento, se ubican en zonas más extremas, con difícil acceso a transporte y el aislamiento, sumado a los elementos culturales que generan resistencia al cambio hacia los actuales roles de género, hacen necesaria una intervención integral que potencie el desarrollo y la autonomía de las mujeres.

Hoy, además de las labores del hogar y de cuidado de los hijos e hijas y adultos mayores con dependencia, la responsabilidad de las tareas productivas para el consumo familiar en los huertos es de la mujer campesina, lo que genera una sobre carga de trabajo, llegando incluso a tener una triple jornada laboral, si sumamos que tienen a cargo un emprendimiento o trabajan de forma dependiente.

Por otra parte, en las últimas dos décadas, se ha observado una clara feminización del campo y del trabajo agrícola, así como una mayor participación de mujeres en el trabajo asalariado, principalmente, como temporeras. Lo anterior se debe a que los hombres han migrado a la ciudad buscando mejores oportunidades de estudio y de ingresos. Son entonces ellas, las que han quedado a cargo del hogar, la crianza, el huerto familiar y muchas veces, de proveer los recursos económicos como jefas de hogar. En este contexto, según cifras de ONU Mujeres, la jornada laboral de las mujeres campesinas es de entre 12 a 14 horas diarias, siendo la falta de corresponsabilidad en todas estas obligaciones y tareas lo que ha posicionado a la mujer de campo en una situación que disminuye sus oportunidades y posibilidades de desarrollo personal y de participar en el espacio público.

Desde 1992, el programa Mujeres Rurales de PRODEMU trabaja entregando herramientas y recursos, mediante la formación para iniciar un proceso de empoderamiento personal y colectivo y para el desarrollo de un emprendimiento rural asociativo entre mujeres de un mismo territorio. Este programa vincula los procesos de empoderamiento con el aprendizaje de técnicas de manejo, gestión y trabajo en equipo, generando un aumento en la autoconfianza de las mujeres y siendo una instancia para establecer redes de comercialización de sus productos agrícolas. En los sectores rurales es muy frecuente que la participación laboral de las mujeres esté limitada o influenciada por las decisiones que otros toman por ellas, lo que va disminuyendo a medida que se desarrolla el Programa, tomando conciencia de sus derechos, oportunidades y adquiriendo autonomía. Con este programa contribuimos a aumentar el bienestar y mejorar la calidad de vida de más de 33 mil mujeres campesinas, a disminuir las brechas de género presentes en su vida, su comunidad y su entorno.

Los procesos de empoderamiento buscan que las mujeres del mundo rural se desarrollen en lo personal y aumenten su autonomía económica y en la toma de decisiones, con el fin de que sientan y crean que con sus capacidades pueden participar en todos los espacios que se propongan. En el día del campesino y la campesina queremos relevar el trabajo esforzado y sin descanso de las mujeres de campo, ya que hoy de ellas depende, en gran medida, el futuro de la agricultura familiar campesina.

*Esta columna fue publicada en www.cooperativa.cl

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