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16 de Febrero de 2017

María Vásquez, participante del Convenio INDAP- PRODEMU en El Monte y su renacer como emprendedora rural

Son las cuatro de la tarde y María Vásquez barre la fachada de su casa en Talagante, sector El Monte en la Región Metropolitana. Ella vive en un sector campesino, alejada del pueblo, y en el angosto sendero por el que se llega a su hogar hay tres portones más de sus vecinos. El vecino de más al fondo tiene un camión que con dificultad entra en el sendero. Hace unos días chocó con un poste dejando a todos las casas sin luz “ese camión no debería pasar por acá, él debería dejarlo afuera y con el yale descargar allá, porque no cabe, es muy largo. Esperemos que no haga más tonteras”, protesta con humor.

María vive con su marido, su hijo y su madre. Hace unos meses su dedicación era exclusivamente ser dueña de casa, y los problemas como el que tiene con su vecino eran su principal pasatiempo, junto con mantener el hogar, la crianza de su hijo y el cuidado de su madre. Sin embargo, hoy eso es parte del pasado ya que María es quien lidera la organización de mujeres rurales Nuestro Oro Verde, que comercializa hortalizas y productos agrícolas.

Reconoce que en un principio llegó “hecha un pollo”, pero aceptó capacitarse por la insistencia de sus compañeras para que dirigiera la organización. “¡Todo el mundo sabe que cambié!, de no hablar, ahora nadie me para; menos de hablar”, recuerda María.

El 2009, por coincidencia se enteró a través de una amiga sobre el Programa Formación para Mujeres Campesinas que realizan en conjunto PRODEMU e INDAP, iniciativa que busca fomentar el emprendimiento agrícola a través de una capacitación de tres años y que por sobre todo, incentiva a que las mujeres del campo se unan, formen agrupaciones y juntas vayan tras sus sueños: lograr producir y comercializar sus productos.

Ellas, sin tener experiencia, se enfrentaron junto a ocho mujeres de la zona, a la travesía de realizar un proyecto, el que fue aprobado por el programa de INDAP y PRODEMU, que les permitió independizarse económicamente a través de la producción de hortalizas en invernadero.

 

María Vásquez también valora el proceso del que formó parte, ya que además de los conocimientos técnicos agrícolas, la formación contempla desarrollo organizacional, personal y de participación ciudadana. Por lo mismo señala que se trata de una capacitación “integral”.

Aunque el desarrollo del emprendimiento ha tenido buenos resultados, el trayecto no fue simple, y año tras año, a pesar de los conflictos internos en el grupo, María ha seguido liderándolo. Para mejorar sus habilidades de liderazgo, María participó de la Escuela de Lideresas de la Fundación PRODEMU, donde aprendió a dirigir, a evitar imponerse, y a desarrollar una serie de habilidades para fortalecer su quehacer organizacional.

Para el grupo de María fue un tránsito con altos y bajos, pero lograron cumplir con sus desafíos. “Ya pasaron esos tres años y todo fue liviano porque cumplimos la meta – cuenta María- . La meta era que de las cinco personas que quedamos, cada una mantuviera un invernadero en sus predios y nosotras lo cumplimos”. Pero también reconoce que en alguna oportunidad se le pasó por la mente abandonar el proyecto, pero su espíritu de lucha se mantuvo. “Era pesada la carreta que arrastrábamos pero también uno dice: me metí en esto ¿cómo voy a abandonarlo? No era mi esencia abandonar el barco, aunque fuera difícil”, recuerda.

Ese compromiso que desarrolló María para liderar a sus compañeras, se generó luego de entender los derechos que como mujer poseía y desconocía. Empezó a percatarse de las diferencias entre mujeres y hombres, esposas y maridos, hijas e hijos, dentro de su entorno, en donde el hecho de ser mujer rural dificultaba su empoderamiento por las desigualdades asociadas a las mujeres del campo.

Lo que comenzó como una forma de reunir fondos para generar ingresos, se convirtió en una bandera de lucha para abrir los ojos de sus pares. Cuenta que una de sus compañera al principio salía antes de las reuniones para servir la once al marido, pero que en la actualidad “ya no dice que se va a las seis” e incluso el marido participa. “Ahora el caballero viene a la feria, estuvo con nosotras y nos dice: chiquillas, ¿quieren tomar un heladito?”.

Todas/os crecen

En este proceso de empoderamiento, no solo las mujeres aprenden, sino que también es un crecimiento familiar en el que los maridos son parte. “El esposo de la Charito, que es el más compinche, llega temprano, antes que nosotras, nos tiene abierto el toldo, tiene el mesón puesto. Es cooperador, es súper buena onda, no tiene mayor problema”.

Reconoce que fue un camino de dedicación y constancia donde tuvieron “una clase de desarrollo personal, una clase de contabilidad y la otra persona es el técnico que en nuestro caso era de flores, él nos enseñaba de agronomía. La coordinadora campesina de área (CCA), fue quien nos iba acompañando”. Y después de tres años el emprendimiento tomó su camino por sí solo.

María camina por los senderos de su patio trasero, lugar en que están instalados dos grandes invernaderos donde planta dos especies de tomates. Cosecha los frutos con orgullo y entusiasmada enumera las diferentes remodelaciones que quiere implementar en el resto del terreno. Aunque insiste que le costó seguir por su cuenta una vez terminado el programa, el resultado de su trabajo es exitoso, y ya tiene pensado una vez remodelado su jardín, iniciar visitas guiadas para quienes quieran conocer el espacio de hortalizas, flores, plantas medicinales y árboles nativos. Su mente se ha vuelto más creativa y cuenta con mucha iniciativa “yo voy a todas las cosas que me digan, postulo a todos los fondos y siempre estoy disponibles para ferias o viajar a vender”.

Su rol en la Mesa Mujer Rural

Estos últimos años María se ha empoderado, lo que la ha llevado a adoptar una actitud más política. Actualmente, participa en la Mesa de la Mujer Rural en donde se discuten los temas que les afecta como emprendedoras agrícolas y mujeres del campo, lo que ha significado una lucha por hacerse un lugar en discusiones que por mucho tiempo solo le han pertenecido a los hombres. Es por eso, que su trabajo no solo está enfocado en generar mayor justicia como trabajadoras rurales, sino que batallar contra sus propios compañeros para posicionarse en su rubro.

Uno de los principales desafíos que enfrentan las mujeres rurales, con las que María lleva años luchando, es el derecho al agua. Tal como cuenta, las organizaciones agrícolas se encuentran desamparadas, llevan años intentando tener garantías y no han tenido ningún resultado. Se cuestiona levantando la voz, “¿Qué hago? No tengo derecho de agua”.

En general el panorama es complejo, María lleva su bandera de lucha del desarrollo de la agricultura mientras ve que las personas venden sus terrenos porque no los pueden seguir manteniendo, luego llegan parceleros y obtienen el agua. “No entiendo, por qué nosotros no tenemos derecho de agua y después viene uno más allá que vende su parcela y después, los grandes parceleros hacen pozos y una no”, reflexiona sobre el conflicto de lucha de clases al que se enfrenta.

 

Hace unos meses en conjunto con la gobernación de la zona y PRODEMU llevaron a cabo un proyecto de asociatividad titulado “El Mercadito” para solucionar otro problema que son los puntos de venta de las emprendedoras del sector. En la actualidad, María Vásquez mantiene constantes negociaciones con el gobernador de su provincia, Juan Pablo Gómez, para coordinar un punto de venta permanente para las mujeres, teniendo como experiencia haber conversado con otras autoridades. En muchos casos no ha sido fácil concretar que estos espacios de comercialización de las mujeres que producen de manera autónoma.

María deja la uva y tomates que cosechó en la repisa de su cocina que se encuentra afuera de la casa en la terraza. La habitación que estaba destinada para eso, la usó con otros fines. Nunca le gustó cocinar, aprendió cuando se casó por cumplir su rol de esposa, por lo que la cocina no es de su importancia. Aunque sigue considerándose dueña de casa, se reconoce también como empresaria, lo que la ha llevado a llegar acuerdos con su marido para distribuir la carga. “Yo tengo doble trabajo, soy empresaria y dueña de casa, pero mi marido también tiene doble trabajo. Él tiene su trabajo y cuando llega me ayuda a construir, a arar, así nos dividimos las responsabilidades”.

Ahora invierte el tiempo en su emprendimiento, en conocer mujeres que comparten su misma realidad, e involucrarse en los temas políticos que la rodean, lo que le ha permitido convertirse en una persona crítica y reflexiva respecto a su historia de vida. Su gran deseo es que las mujeres campesinas logren la importancia que merecen, especialmente, que se logre terminar con machismos arraigados propios de la vida del campo y así el camino sea menos espinoso para muchas que quieran emprender.